Dicen los que han visitado las cataratas de Iguazú que las de Niágara son un juego de niños. No lo dudo, pero aunque pudiese comparar (yo que no las he visitado) no me dejarían de parecer las americanas, bonitas y espectaculares.
Voy a dividir la zona en tres partes. La catarata americana la canadiense y el pueblo. Esta semana me ocuparé de la primera.
La diferencia es sencilla: La americana es “recta” y la canadiense es la más famosa y tiene forma de “U”.
Salí de Alexandria Bay por la mañana y bordeé el lago Ontario un tramo para ver faros y después me incorporé a la I81 sur y finalmente a la I90 Oeste hasta casi Niágara.
Por cierto, en EEUU las interestatales cuyo último número es par, van de Este a Oeste y si es impar van de Norte a Sur.
Llegué a primera hora de la tarde y pese a que me alojaba en la parte canadiense decidí buscar un parking y ver que se podía hacer en la catarata americana ya que suelo tener problemas cuando cruzó las aduanas desde Canadá a EEUU como más adelante relataré.
Aunque es menos espectacular que la canadiense, esta catarata tiene la mejor actividad que se puede hacer en la zona, La Cueva de los Vientos.
Tras esperar 1 hora de cola, por solo 11$ obtienes la entrada, un chubasquero y unas chancletas.
Las chancletas son nuevas y de obligado uso por el peligro de resbalones con otro tipo de calzado. El fino chubasquero de plástico es absolutamente inservible si decides ir “hasta el final” de la aventura. De hecho acabé tan empapado como si me hubiese tirado a una piscina vestido; No bromeo.
Según sales del ascensor el estruendo es espectacular pero nada comparado al que sentirás después.
A través de unas pasarelas de madera de ida y vuelta con pasillos comunicantes por si uno no quiere acercarse demasiado por miedo te vas acercando poco a poco.
La atracción consiste en ir ascendiendo por las pasarelas hasta llegar a estar literalmente debajo de la furia del agua.
A medida que subes te preguntas mil veces si el “tingado” aguantará o el agua lo arrastrará todo río abajo.
Traté de proteger la cámara lo más posible para poder sacar alguna foto…e hice lo que pude. Los más valientes han de llegar a lo que se llama el “Hurricane Deck”, es decir, debajo justo de la catarata.
Hay que vivirlo. Tienes una mezcla de miedo, excitación y sorpresa. Literalmente te caen cientos de litros de agua en el cuerpo y eso que la mayoría vienen rebotados de las rocas, si no probablemente te tirarían al suelo.
Mucha gente prefiere darse la vuelta en la última escapatoria y sinceramente les entiendo pero no lo recomiendo. (Lamento que Blogger pixele mucho el video).
No escuchas voces, todo es un ruido atronador, el agua te entra por todas partes, no puedes estar de frente más de unos segundos por la fuerza del agua, sacar una foto o video es prácticamente imposible….pero hay que hacerlo.
Huelga decir que todo objeto susceptible de ser arrastrado (gafas, cámaras, diademas etc.) tienes que sujetarlo bien para no perderlo para siempre.
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| El cartel tiene guasa |
Después de alejarme y volverme a acercar varias veces porque es adictivo y me negaba a dejar de experimentarlo, decidí marcharme con una gran sonrisa en los labios…como todo el mundo.
Cuando bajas por el ascensor se palpa la tensión y todo el mundo va callado o con una risita nerviosa;
Cuando subes todo son expresiones de júbilo, excitación…la adrenalina por las nubes.
Ya fuera, deposité las chancletas en un contenedor que prometía mandarlas a África a través de una ONG y comprobé que estaba calado hasta los huesos. De hecho mi pantalón vaquero pesaba como un saco de arena. (Muy previsor yo).
Me gustó tanto que al día siguiente repetí. Insisto, es muy barato y en mi opinión la mejor atracción.




















